Masculinidad.


Poseo la suerte
y la desgracia

de deber
y de desear

vivir mi masculinidad de tal forma
en que ponerme para nadar cada día el bañador "de mujer"

que te tape las tetas, claro

y cruzarme conmigo mismo en los miles de espejos del polideportivo
no me suponga nada màs

que absurdez
y risa.


¿Es posible una masculinidad trans que no implique misoginia?

Se nos gastó la víctima de tanto usarla.

Saber Vivir I



Ayer me robé la antología de Gloria Fuertes, la señora de aquella voz que me contaba cuentos durante toda mi infancia desde el vinilo de mi habitación, que recuerdo tan oscura. Si las etapas de la vida se definieran por los libros que unx no suelta (hay quien las define por las parejas, yo qué sé), esta bollera feminista tan loca y maravillosa que se me reaparece, sería pues esta nueva etapa.

Mi Alejandra, yo lo siento Pizarnik, porque no te quiero más, ahora. Te dediqué tantas poesías... y fue un día que desperté y ya no me decías nada.


Hoy necesito locas que se rían del mundo y de sí. Locas que sobreviven a este sistema asesino. Pero sobretodo, que se sobreviven a ellas mismas.








"Me voy: / Me voy a las lejanas lagunas donde plantas hay algunas./ Me voy a los lejanos países donde pises, donde pises, donde pises encontrarás tus raíces./ Me voy lejos de aquí. Cuando una masa te diga lo que pasa volveré ha venir."


Yo. 8 años.


Emocionales y emocionades.



Andamos por la película del decorado que nos montamos. A bocajarro. Y es que la vida no se salva, o la atraviesas o se te lleva. Juntas caminamos. Con la subjetividad rota. Con el afecto roto. Frágiles y perversas. Y lo dicen transfeminismo, y lo dicen por ejemplo. Quisimos conocer cómo es ser felices, rompimos algunas reglas, y desde aquí, desde las pocas cosas que escogimos, nos movemos a ciegas, chocando. Improvisando las salidas al desastre, tratando de crear una manada traidora: porque en el fondo está el secreto, todas sabemos que nadie mira creyendo en los ojos de la otra, y porque cada unx de nosotrxs, llegó aquí siendo la traidora de sí mismx. Eso sucedió hace ya tanto tiempo. Silencio. Nuestras resistencias en los consensos de amor y de respeto resultan frágiles. Somos el perfecto producto de la violencia de la que decimos defendernos. Siervas ciegas y voraces, esperando. Necesitamos hacer daño para descansar la culpa. Pisar cabezas para tapar la herida. El vacío que sentimos sí tiene un fondo, el problema es que está infectado. Podrido. Huele a mierda. El problema es que no es tan sencillo como mirar, como contemplarlo. A nadie le gusta coger los guantes y limpiar toda esa mierda, se vomita mucho, te pringas toda la ropa, hay que llorarlo y gritar, y se tarda demasiado tiempo. Cada unx encuentra su argumento, y casi todos parecen que dicen algo. No hablamos de nada. Somos genuinas mentirosas. Yo creía antes que sí. Ahora no. Ya no escribo; suelo ver mi lenguaje como un conjunto de palabras aleatorias, que quieren parecer conectadas para poder explicar algo, poner afuera el sentido de un adentro retorcido. Esto que describo por si quedan dudas no trata un cuadro depresivo. Desde la fuerza, risa, me muevo, siento cariño, me interesa la vida. Esto trata de que no sé cómo parar este juego repetido. Me sucede desesperanza. Tengo miedo. Las marcas del dolor ahogan la perspectiva. Me reconozco en esto. Casi siempre me estoy defendiendo de alguien o algo. Preveo el daño. Si me dejo, me matas. Si me muestro, escupirás en mi reflejo. No me toques. No me digas. No me mientas. No me creas. No te creo. Quieres verme temblar, hoy no será el día, ayer me escondía, hoy saco dientes y enfrento. Y es que también a veces sueño con mostrarte quién eres. Que te veas tal cual eres. Y que vomites. Y que llores. Que te manches de mierda, de la tuya propia, y que entonces no te quede otra, que coger por el mango la fregona, que poner guantes y limpiar. Es ése el gesto. Poner guantes. Agarrar el palo. Y a rascar.