31.


Quererte fue demasiado fácil.

Y no (sólo) es una moñada, es que ese detalle hizo que fuera algo terriblemente complicado.

Por eso a día de hoy creo que empezó a ser una señal que no vi en el momento. Una señal de que ciertas cosas estaban cambiando. No afuera, como ya aprendí a hacer hace mucho tiempo. Ahora eran aquí adentro.


No diré lo típico, para qué creerse eso. Porque yo no lamento no habernos cruzado antes la vida (por ejemplo por nuestra Castilla profunda, en nuestro pasado, que escuece y hace nudo en la garganta, nudo de aquel no poder decir, no poder ser, pero que nos hace la risa cómplice, también). No lo lamento, porque en cualquier aquel antes que hubo, yo no podría haberte encontrado así, antes no podría haber visto lo que vi una noche al descubrirme a mí mismx mirándote de ese modo; porque antes, el terror a lo demasiado fácil, a lo demasiado cerca, me hubiera manejado el cuerpo de nuevo.

Quererte resultó tan fácil que fue un puto reto.

Un desafío al desastre.

Para mí quererte fue aceptar vivir con este miedo. Ni huirlo ni jugarlo ni cambiarlo de nombre, tan sólo dejar que me invada el familiar frío de muerte de pies a la cabeza cada vez que sé que te quiero, cada día, en que sí, te quiero.

Quererte es haber sabido agarrar la entraña al miedo y hacerlo precisamente eso, entrañable, mío, propio, y desde allí, desde ese lugar de parálisis y oscuridad que me habita por momentos, a cada instante respirar y dar un paso, para poder ser puente y llegar al tuyo, a tu oscuridad... y a la increible belleza que te envuelve, que rebosa de cada poro de ese cuerpo, tan único, tan tuyo.

Qué bonito haber quemado, haber reído, haber bailado, haber dudado, haber acariciado despacito tus 31 años.

Hola.
Hola tú.

Querías carnaza? Pues toma caldo.